Castillo Ambulante

¿Te acuerdas de nuestro castillo ambulante? ¿Aquel castillo que construimos de las ruinas de nosotros mismos? ¿Aquel castillo que fue nuestro refugio tantas veces cuando creíamos que ya no podríamos más?

Ahora estás enfrente de mi contándome que todo te va genial. Que ya no tienes insomnio. Que ya no necesitas a nadie que te proteja. Que el mundo es más bonito de lo que recordabas.

Ahora estoy enfrente de ti contándote mil mentiras para que creas que todo va genial: Que ya no tengo insomnio aunque duerma menos que nunca; que ya no necesito a nadie que me proteja de mi misma, aunque cada día me odie más; que el mundo es más bonito de lo que recordaba, aunque cada día lo odie más.

El silencio que se ha formado entre los dos nos corta el alma. El café se enfría en la taza. Tu no paras de mirar el reloj. Tienes ese tic en los labios, ese mismo tic que te sale cuando quieres huir.

Te levantas y me dices que te tienes que ir. Yo, sentada en el mismo lugar, mirando la taza de café, observo de reojo como te das la vuelta. Consigo pronunciar cuatro palabras, quizás las más dolorosas de toda la conversación: “¿Qué nos ha pasado?”. Tu sin mirarme dices lo que ambos pensamos: “El castillo se derrumbó y no supimos reconstruirlo a tiempo”.

Veo como te alejas y algo en nosotros nos dice que últimos cimientos acabaron por desmoronarse.

 

 

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